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Finalizadas las vacaciones, llega el momento de sacudirse la pereza de la dulce rutina veraniega para centrarse de nuevo en las obligaciones y horarios que, tan sólo unas semanas antes, habíamos condenado al baúl de los peores recuerdos.
Recién deshechas las maletas, muchos padres sienten una nueva preocupación (a añadir a las relacionadas con su trabajo y la vuelta a la rutina): los niños han de comenzar, un año más, con sus estudios. Y no sería la primera vez en que la vuelta al cole ha resultado problemática.
Los niños pueden encajar muy mal el regreso a lo cotidiano. Bullen todavía las imágenes de un verano repleto de intensas emociones, que cuesta arrinconar para centrarse en la quizá monótona actividad académica. Además, nuevos gastos en libros y material escolar que nos recuerdan el irresponsable derroche estival, las prisas, los madrugones, los horarios rígidos para muchos miembros de la familia... todo un estrés global que flota insmisericorde, se apodera del tiempo y apenas nos permite reflexionar sobre el hondo significado de enviar a un hijo a la escuela y el compromiso que ello implica para sus padres.
Porque, si bien es cierto que los centros educativos se presentan como instrumento garante del desarrollo académico, cultural y social de nuestros, buena parte del éxito de ese proceso educativo depende del grado de unión y compromiso de las tres partes que intervienen: Padres, Hijos y Profesorado.
No se debe generalizar. La vuelta al colegio no pesa ni supone lo mismo para el niño que disfruta en el centro escolar (muchos están deseando volver) que para quien lo percibe como poco menos que un potro de tortura; ni significa lo mismo para el profesor con auténtica vocación de maestro, que domina su área didáctica y que adora a los niños, que para el que ya se ha aburrido de enseñar, tiene problemas personales y duda sobre la eficacia de su trabajo; la vuelta, al cole, en fin, tampoco es lo mismo para los padres que entienden la escuela como una oportunidad de acción educativa conjunta de la que ellos son parte inseparable, que para aquellos que la conciben como poco más que una manera de quitarse a los hijos de en medio durante unas horas. Porque, hemos de reconocerlo, hay de todo.
Algunos padres siguen creyendo que la obligación de educar a sus hijos recae casi exclusivamente en los profesores, y que en casa basta con "recalcar" las reglas de urbanidad: aprender a comportarse en la mesa, a pedir por favor las cosas, a respetar los horarios, a no interrumpir las conversaciones "de mayores", a ser ordenados, ... . Todas ellas cosas muy importantes, pero no suficientes. Los padres han de participar más en la educación de sus hijos.
No sería la primera vez que un educador dice que en la escuela los niños pasan de príncipes (lo son en su casa) a personas de a pie, donde "sólo" son uno más.
Por otro lado, y en contra de lo previsible, parece que la desconexión entre padres y escuela no tiende a corregirse. Razones, muy diversas, no faltan: dificultades de agenda para concertar citas entre profesores y padres, masificación de las aulas, la errónea idea que alimentan ciertos padres de que la enseñanza es cosa de los profesores "porque para eso les pagan", la comodidad de algunos padres y enseñantes que defienden el "cada uno, a lo suyo", el deterioro del prestigio social del profesorado, el poderoso influjo de la TV, ...
Tanto padres como profesionales de la enseñanza, a buen seguro, pueden recitar un muestrario de argumentos que explican el porqué de esta situación. Pero centrémonos hoy en los niños.
Las sensaciones que perciben los niños ante la vuelta al cole no son debidas al azar. Los padres pueden intervenir, y motivar positivamente a sus hijos en este regreso a la disciplina horaria y al cambio de actividades (menos lúdicas y más serias) que impone el curso escolar La sincera actitud favorable de los padres (y durante todo el año, no sólo ahora) hacia la escuela resulta decisiva. Muchos no son conscientes de las malas vibraciones que transmiten a sus hijos sobre la escuela. Para que el niño la perciba positiva y agradablemente, un gran paso sería que sus padres lo hagan también y que los hijos se contagien de esa buena imagen.
Nadie quiere ir a un lugar desprestigiado, donde apenas se aprenden cosas útiles y donde quienes imparten las clases son unos vagos o unos profesionales desmotivados. Esta es la imagen que algunos padres tienen del colegio. Esto, aun siendo lamentable, no es lo peor. Lo más negativo es que transmiten esta equivocada percepción a sus hijos. Y, partiendo de aquí, conseguir que vayan contentos y motivados cada día a estudiar resulta misión imposible.
Es justo el polo contrario lo que nos conviene a todos: unos padres que conocen a los responsables de la escuela o colegio y a los profesores de sus hijos, que participan en la gestión del centro, hablan con frecuencia con sus hijos sobre la marcha de sus estudios y su crecimiento a nivel personal, que se interesan por los problemas y la vida académica, profesional y social relacionada con el centro escolar, que preguntan cada día a sus hijos sobre lo que han aprendido y les ayudan en los deberes, que se interesan por las relaciones que mantienen los pequeños con profesores, niños y personal no docente del centro, ... En fin, los padres deberíamos interiorizar, y transmitir, una imagen positiva de la labor realizada por los profesores y los niños. Esta es la única manera de que el niño sienta que hace algo importante, meritorio.
Y no olvidemos que tan importante como valorar en la familia el rendimiento académico de niños y jóvenes es que los padres transmitan a sus hijos el interés por la cultura, el amor a la lectura, las ganas de saber, el aprender a reflexionar y tomar decisiones, a entender la crítica constructiva o el mejorar en la expresión oral.
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