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La posibilidad de realizar transacciones bancarias sin moverse de casa comenzó en los albores de los años 90, a través del teléfono.
Y aunque esta fórmula no triunfó, sirvió de anticipo al nuevo servicio que ofrece hoy la gran mayoría de entidades financieras: la banca on-line. De momento, los bancos y cajas de ahorro adoptan tres enfoques diferentes: considerar Internet como un nuevo canal, que se une a las oficinas y a la banca telefónica; crear bancos específicos para competir exclusivamente en la Red, o como tercera vía, hacer una apuesta doble.
En la actualidad, la banca electrónica cuenta con 644.000 clientes en España, lo que representa un 18% de los usuarios de Internet y un 1,6% de la población, según datos recogidos en un estudio editado por Arthur Andersen Consulting y BSCH Investment. Si se comparan estos ratios con el número de clientes en Estados Unidos, se comprueba que todavía queda camino por recorrer: 14,2 millones de usuarios utilizan estos servicios en el país norteamericano, cifra que supone un 18,2% de sus cibernautas y un 5,2% de su población total.
El sistema para acceder al banco o caja on-line es realmente sencillo. Basta con solicitar en la sucursal tradicional de la que somos clientes el acceso a este servicio. Se obtendrá una contraseña o password y se definirá una clave con la que se accede a un sitio seguro, con garantía de privacidad, que muestra al cliente bancario su cuenta corriente o cualquier otro producto (las líneas de tarjetas de débito o de crédito, los depósitos, etc.). Las claves se requieren siempre que se desee entrar a la página, y una vez en ella, el usuario puede operar con la misma confianza que si se encontrara en la ventanilla de una sucursal bancaria tradicional o en un cajero automático.
Aunque mediante la banca on-line es posible efectuar operaciones financieras que entrañan cierto grado de complejidad (compra de acciones en la Bolsa, inversiones en depósitos, suscripción de deuda pública), el usuario puede servirse también de ella como un lugar de consulta y ventanilla para realizar transferencias sencillas. Y esa es, precisamente, la gran ventaja de la banca en la Red: la sencillez de utilización y el concepto de usabilidad (usability) con que ha sido diseñada. Dentro de la página personal se pueden revisar el saldo y los movimientos de las cuentas, de forma general o seleccionando los ingresos (o gastos) desde un día determinado. De igual manera, se verifica si ha sido cobrado el recibo de la luz, se controla el gasto de las tarjetas de crédito o el pago de la letra de la vivienda. Además de funcionar como lugar de consulta, se pueden dar órdenes al banco como devolver un recibo e incluso realizar un pago a otra cuenta corriente.
Dentro de los bancos que sólo operan en la Red, el número de cuentas on-line aumenta cada día. Se trata de depósitos que sólo se pueden abrir en Internet y ofrecen intereses de hasta un 5%, notablemente superiores a los habituales de una cuenta corriente tradicional. Algunas entidades virtuales pierden dinero, ya que la batalla de captación de clientes para esta nueva fórmula financiera les obliga a ofertar intereses muy competitivos.
Por el momento estas cuentas funcionan más que nada como depósitos, debido al alto rendimiento que ofrecen. En los bancos que funcionan exclusivamente en la Red basta con entrar en la página web correspondiente y seguir las instrucciones para darse de alta. Solicitan los datos del titular (nombre y apellidos, dirección, profesión) y piden al cliente que decida cuál será su contraseña, para que sólo él pueda realizar transacciones bancarias en esa cuenta.
La mayor preocupación de los usuarios del banco on-line es la seguridad de sus cuentas y de la transmisión de datos. Por ello, las entidades finacieras han articulado sistemas de protección que dotan de mayor fiabilidad a sus servicios.
El principal reto para la seguridad de las transacciones bancarias es garantizar que es realmente el cliente quien se encuentra detrás de las operaciones. Para superar este reto se ha implantado la firma electrónica, un sistema legal que verifica la firma personal o de la empresa que opera en Internet, con la que se demuestra que verdaderamente es el titular de la cuenta o tarjeta quien compra, vende o realiza las transacciones bancarias. El sistema es muy sencillo. Una empresa se encarga de tramitar la firma electrónica solicitada. Adjudica al titular una clave que sólo él conoce, y otra contraseña con la que le reconocerán los demás. Cuando el usuario desea rubricar una operación, señala su clave (que seguirá siendo secreta), que le abrirá a la posibilidad de introducir la otra contraseña, mediante la cual le identificarán como poseedor de la primera. Este sistema se implantará en breve para trabajar con todo tipo de documentos de carácter legal en Internet.
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